CARTA

Hay muchas formas de caer.
En casa, desde chica aprendí que junto a mis padres la vida puede meterme cabe, pero de alguna mágica forma terminaré cayendo de bruces en una cama de flores. Pero bueno, eso era antes. Ahora el baile amorfo que he venido sosteniendo todos estos años con Camilo me ha dado mucho, pero me quitó la posibilidad de entrar en el estado de contemplación que tanto disfrutaba de más chica. Es algo así como si hubiera estado protegida por una malla o una tela transparente que filtró muy bien lo que debía o no asumir e integrar a mi ser… Yo que soy de esas chicas que encuentran belleza hasta en la miseria, terminé obsesionándome por las pocas cosas que tenía a mano. Su cuerpo, la luz del atardecer miraflorino que a mi casita entra por una pequeña rendija entre los edificios modernos que este verano trajo. Su cara y esa luz informe que enrojece y calcina todo.
Hubiera querido que me mirara más intensamente, pero tal vez no lo podría haber notado con lo concentrada que estaba tratando de definir esos colores y formas. Sé que tiene miedo y no lo dice. Yo por el contrario tengo la mala costumbre de gritar a los cuatro vientos mis sentimientos más íntimos y tratar de sacarlos de mí cuanto antes.
Estar fuera de la casa de mis padres ha convertido mis caídas en situaciones estrepitosas pero solitarias. Un sonido sordo cuando me voy en picada desde el cuarto piso a saborear el pavimento. Ni contarle de la morera que había en Porta, o encontrarnos con las veredas de mi adolescencia con mi nombre grabado dentro de una botella puede mitigar lo inevitable. Camilo se va y no hay quién nos pare. Esta vez soy yo, Miranda, soldado con el pecho al ras del suelo, y la acústica de la luz descubriéndome el rostro.
El amor como tal puede agotarse y engañar a la gente. Aún no sé si nos ha pasado eso. Sigo pensando en la punta de su nariz y su cara encendida con el sol de la tarde. Aún no olvido ese rincón de su espalda que le disgusta, y ese secreto tonto que nunca me dijo pero siempre supe y por no avergonzarlo jamás revelé.
Creo que Miraflores es un buen lugar para vivir todo esto. Han pasado años y aún sigue siendo la página más fiel donde quedará mi vida. Y la soledad me trae ese sabor agradable de sentirme reconocida en las esquinas… En esta me besó, en esa pude haberlo engañado, allá acaricié un gato, por allá, lejos, pensé que no quería vivir más; aquí lloré; ahí decidí quién soy.
Mi pequeña casa ahora, con sólo algunos restos de Camilo, está por desplomarse, ni las flores o la falta de polvo le permiten retenerme. La otra noche una araña gigante me miró, la tarde anterior un temblor me despertó; y tres días después llegué de madrugada y me di cuenta de nuevo que Camilo no estaba.
La soledad es un ejercicio narcisista que había olvidado. Vuelvo a su cara, con la luz de la tarde derritiéndosele encima como miel… sólo en el camino a Urubamba se ve algo semejante, cuando al caer la tarde los sembradíos se tiñen de rojo, carmesí, bermellón, escarlata. Pudo ser una linda foto, mi chico escarlata con ojos chinitos y piel de durazno, que dice poco y siente despacio. Pudo ser una excelente foto, pero pensé que vendrían otros veranos.
Eso hermana. Estoy ahora tratando de no volverme otra, sino más bien la que antes era. Pero se siente bien todo este desarraigo. Espero que todo vaya bien en Madrid. Te extraño. Un beso.

Miranda.