SER OTRA


Pensaba en algo que leí. No me acuerdo dónde, cuándo, ni mucho menos puedo confirmar su veracidad, pero parezco haberlo forzado para darle ilación a mi crónica del cambio.
Era respecto al crecimiento de los humanos en sus dos primeros años de vida. En el primer año, manifiestan conflictos relacionados con la comida: es la etapa en la que el vínculo materno es fortísimo por el tema de la lactancia y deben empezar a dejar la teta por otros alimentos como es bien conocido. Desde el segundo año la personalidad del infante va forjándose (sus herramientas son mayores: empiezan a hablar, caminar y su capacidad para expresarse se intensifica), por lo que la madre se verá forzada a adaptarse a él, a sus gustos, formas y ese vínculo de la lactancia se romperá bruscamente, desapego que para algunas madres resulta mortífero.
Entonces, pensaba yo mientras pelaba una mandarina... ¿En qué grado los cambios que experimentamos de adultos permiten que mostremos un poco más quienes somos? Así como pasa cuando recién venimos al mundo...
Conforme vamos creciendo adoptamos más y más herramientas que nos sirven para comunicarnos y revelar nuestro verdadero yo, pero llega cierto punto en el que parecemos estancarnos. Tal vez ese en el que escuchamos o decimos “ya está bien grandecito como para cambiar” (caso perdido). Y lo otro es la imagen que ya hemos creado de nosotros mismos para los que nos rodean (cosa que termina siendo accesoria en mi caso).

Estos últimos meses, con cambios en mi vida laboral y personal, me han traído a un punto sin retorno de crecimiento personal, afortunadamente. Con alegría puedo confirmar que he dejado de ser un poco menos estúpida. He encontrado que el desprendimiento de ciertos paradigmas y prejuicios me han llevado a ser más feliz y eso parece animarme a declararlo en este, mi diario.

Y no hablo de prejuicios clásicos y monses, sino de los más jodidos, esos que tienen que ver con uno mismo, como afirmarse en valores, ideas, creencias; o el desahueve que puede significar verse con más sinceridad aún y dejar de auto flagelarse por las cosas que no somos, o nos hacen imperfectos, por momentos codiciosos, perezosos o egoístas. Ahora que he alternado con mucha gente, muy pero muy distinta entre sí, vengo a comprenderme un poco mejor como la chica impulsiva, insensata e insegura que he podido ser tantas veces. Y ese sólo verme con más sinceridad aún, me ha llevado por un camino que repercute a muchos niveles. Soy una persona más feliz en cada espacio, sentada en la computadora en la oficina, caminando a casa, en un micro yendo a un asentamiento, tomándome una cerveza, viendo a los amigos de la infancia y reafirmándome en porqué no seguí frecuentándolos, etc. Y hasta los momentos más tristes llevan puesta una calma inusual y un entendimiento más allá de lo que alguna vez imaginé posible.
Y por más pueril que suene, pelaba con mayor ahínco aún mi mandarina, pensando estas vanidades, como si estuviera pelándome a mí misma; encontrando que en el fondo por suerte no soy “caso perdido”, como en algún pasaje depresivo de mi vida secretamente intuí. Y más contenta aún (ya al borde del éxtasis con la mandarina) descubrí que cambiar cosas tan importantes no me hacen otra, sino más bien me revelan como quien en el fondo siempre fui, desde mi primer año de vida, cuando me lactaba mi madre (y mi ama de leche urubambina cuando mamá debía trabajar).
A pesar de sentirme un poco lenteja por comprender estas verdades tan trascendentales recién a los 25 años, y más aún darles este velo burlón al registrarlas por no caer en ridículo, estoy colmada de orgullo y me siento como una ganadora de la medalla olímpica.