IN MEMORIAM

Ha llegado la noticia como un balde de agua fría encima de todos, creo. Siempre me jacté diciendo que no me gustaba tanto cómo escribía Benedetti, al menos desde los 14 hasta los 20, niña tonta. Ahora intento desempolvarlo y encontrarle el gusto antes de irme a trabajar, pero no logro mucho.
Pienso en él y en Idea. Y me vuelvo a acordar de César Calvo. Han pasado tantos años y su muerte es igual un halo luminoso que me rompe las retinas por la mañana.
Any way. Leí este textito de la bella Helen que merece mucho más ser reproducido. De cualquier forma no sé qué me pasa, debe ser el lunes, la ausencia del ser que amo, la muerte de Benedetti.
Ahí va:
Intento desenredarme de las vueltas del edredón. Cada giro del cuerpo me devuelve al sueño durante tantos días despreciado. Abro un ojo y manoteo para ahuyentar la culpa. Suena el móvil. La realidad. Es la Eugenia para decirme que ha muerto Mario Benedetti, que lo acaba de leer en El País y ha querido llamarme en el acto. Confusión. Y otra vez en la vida, nuestras vidas. Retazos de sueños, algunos hechos tatuajes, otros silencio. Pienso en mi hermana, en nuestra adolescencia en el aquel paraíso perdido en donde todo lo que brotaba salía de un libro. A mis 15 años, ella se fue a vivir a Buenos Aires a estudiar, y se hechó un novio. Con él compartimos una pasión revolucionaria alocada, honesta y ultimante. Tanto que casi acaba con nosotros. Pero cuando todavía creíamos en esa revolución, la practicámos duramente, como se estilaba en aquella época de guerra fría. Y en esos aires gélidos, nuestro aliento de vida venía de ciertos libros, en los que encontrábamos motivos, esperanza, ilusión, razones para hacer.
En ese altar brillaba con preferencia Mario Benedetti, con su sonrisa de abuelito en bata, sus advertencias sobre las almas vencidas, su proximidad emocional y política. Sus cuentos y poesías nos daban forma, eran una suerte de credo sin dogma, perfilaban nuestras emociones y también nuestros miedos. Ahora sí salgo de la cama, intento quitarme la telaraña de la cara y busco algún libro suyo en mi biblioteca.Qué ilusa... Los pocos libros que tengo son la resaca de miles de mudanzas. Sólo tengo "Viento del exilio". Lo abro, adentro hay unas fotos de hace 20 años y la única carta de mi abuela que aún conservo. Y una dedicatoria. Es de 1987, está dirigida a aquel mi compañero de lucha. Me sorprende su final, muy de su (mi-aquella) época: "aunque creo que cada fase de nuestra vida nos marca un destino de lucha para que no seamos los futuros protagonistas de nuestros vientos del exilio."
Todo salió al revés: derrota, separación, exilio... Hoy reniego y lucho contra "las fases de la vida", "el destino", y todo ese tipo de determinismos. Pero eso es anécdota. Lo que pasó en todos estos años es la vida, con todo su silencio, solo quebrado por palabras como estas:

Entre siempre y jamás

zwischen Immer und Nie
Paul Celan

Entre siempre y jamás
el rumbo el mundo oscilan
y ya que amor y odio
nos vuelven categóricos
pongamos etiquetas
de rutina y tanteo
-jamás volveré a verte
-unidos para siempre
-no morirán jamás
-siempre y cuando me admitan
-jamás de los jamases
-(y hasta la fe dialéctica
de) por siempre jamás
-etcétera etcétera
de acuerdo
pero en tanto
que un siempre abre un futuro
y un jamás se hace un abismo
mi siempre puede ser
jamás de otros tantos
siempre es una meseta
con borde con final
jamás es una oscura
caverna de imposibles
y sin embargo a veces
nos ayuda un indicio
que cada siempre lleva
su hueso de jamás
que los jamases tienen
arrebatos de siempres
así
incansablemente
insobornablemente
entre siempre y jamás
fluye la vida insomne
pasan los grandes ojos
abiertos de la vida.

"Escribe algo en tu blog", me dijo la Eugenia. Esquivé unas lágrimas inútiles y ya está, ya es lunes y la vida va pasando otra vez más, acompasada por vientos del exilio que no entendemos, no sabemos de dónde vienen ni adónde van...
Esta noche irá a la casa de mi hermana a hacer un brindis de despida, resignada y solemnemente, como la muerte de un ser querido se merece.