LA OTRA NOCHE

Estaba yo en el vestíbulo de una casona vieja, parecida a la del Jirón Chota en el Centro de Lima, donde se les ha dado por armar conciertos últimamente.
Esta vez era una fiesta con tema: La Divina Comedia de Dante. Las especulaciones sobre porqué alguien organizaría esa fiesta, dejémoslas de lado.
Yo fui disfrazada de ángel; alas enormes de plumas blancas, vestido blanco de razo ceñido, sandalias, pelo largo, suelto, y sin paños menores, por supuesto. Las especulaciones sobre mi disfraz también podemos obviarlas.
Estuve parada como 45 minutos en el pórtico, esperando que llegue mi pareja. Supuestamente iba a vestir algo que aludiera al tema del ágape, y mas aún, que hiciera juego con mi plumífero disfraz.
Algo impaciente pregunté a varios extraños si eran mi pareja, pero sin éxito. Sólo un par me respondieron "soy lo que quieras que sea, mammmita". Dudé.
De pronto, como salido de un cartel de Mc. Donalds llega un tipo vestido de payaso y me saluda con un apretón de manos diciendo "hola amiguita, soy tu pareja de la noche". Inmediatamente le dije que debía haberse equivocado, para empezar, de fiesta, y sobre todo, de pareja. Yo esperaba a un ser mucho más alturado, con pinta de sabio, o al menos, científico loco.
El payaso insistió con un ademán dizque gracioso que hizo que se le desacomode la peluca afro tornasolada. "Te digo que soy yo amiguita", mientras hacía una especia de saltito de izquierda a derecha, acompañado de una risa burbujeante de dibujo animado.
Era una caricatura espeuznante. Cara blanca; boca roja que le tomaba gran parte de las mejillas; ojos estrellados; y cómo no, nariz de payaso. El traje parecía una paracaídas viejo, y los zapatos los tristes recuerdos de alguien que alguna vez se paró en el centro de la carpa.
Le repetí, esta vez enérgicamente, que era un error, y que por favor siguiera su camino. Pero de poco me sirvió, el payaso apretó una flor que llevaba en la solapa y me bañó con un chorro de agua la cara que yo tan cuidadosamente había maquillado para que no pareciera maquillada, como buen ángel, digamos.
En ese momento perdí el control. El tipo continuó haciéndose al gracioso con sus pequeños brincos, ahora circundándome y chirriando una risa que no advertía nada bueno.
No lo soporté más y me abalancé sobre él empujándolo fuera del pórtico de la casa. Pensé en breves segundos que lo mejor que podría hacer era dejarlo sin peluca, eso desestabilizaría su acto maniático y me dejaría en paz. Pero contra todo pronóstico, el loco ese respondió con un empujón también, mientras seguía molestándome con los chorros de agua que le salían de la solapa.
Ah no, enough is enough me dije. Siempre había querido poder cogerme a golpes con alguien y esta era mi oportunidad. Si el payaso respondía una vez más, no habría más remedio y mi blanquecino traje quedaría manchado de colores. En ese punto de la noche mi frustración por la falta de pareja para la fiesta había rebasado toda intención de entrar en ella.
Hice un gesto con las manos como para obtener un respiro que aparentmente le era necesario a él también. Pensé rápido qué hacerle que lo dejara en ridículo (ya teníamos como a quince personas alrededor alentando la pelea) y opté por uno de los primeros movimientos que aprendí de joven: el buen canilla - runtus (huevos). Un puntapie directo a la canilla derecha seguido de rodillazo karateka en la ingle... Justicia eterna.
Fui tan rápida como mi mente, ni bien estaba terminado de imaginar la escena y ya me veía cogiéndolo de los hombros para aplicar la segunda tanda de mi arte abusivo-marcial. Era obvio que si él respondía sería igual de agresivo, o no respondería del todo; finalmente yo era una mujer vestida de ángel.
Lo que le hice fue tan macabro que el payaso se postró en el suelo de dolor. Como los futbolistas que se enroscan y mecen hasta que una camilla entra a sacarlos; esa imagen tuve. Y mientras me vanagloriaba de mis capacidades futbolísticas para el foult pelotero, caminando horonda hacia la esquina de la calle a tomar un taxi e irme, aún con el disfraz limpio; el muy imbécil del payaso me dio un empellón por detrás, tumbándome de bruces al asfalto. Había grava en el suelo y me corté la cara y las manos. Ahora mi vestido estaba manchado de sangre, tierra y grasa de autos.
Los siguientes minutos transcurrieron como segundos. Tirada en el piso divisé un callejón. Era mi única escapatoria. Me levanté de un tirón y corrí adentro. El payaso me siguió, pero como estaba oscuro anduvo buscándome entre las bolsas de basura como por un minuto, cuando la calle ensordeció y lo único que pude escuchar fue mi corazón latiendo como un galope. Al tenerlo cerca no hubo más remedio, salté de la cornisa en la que me había trepado y le caí encima como un gato en celo. Él se golpeó muy fuerte la cabeza contra el piso quedando medio inconsciente, panza arriba.
Ya no había tiempo para pensar, si despertaba seguiríamos peleando, y yo francamente estaba cansada. Por eso puse mis manos en su cuello mientras la calle recobraba el sonido y maté al payaso.